¿Cuándo y en qué ocasión conociste a Alberto?
En dos etapas: en el 79 y en el 80. Yo formaba parte de un lindo grupo parroquial que cada verano pasaba quince días en la montaña haciendo senderismo, durmiendo en tiendas de campaña, lavándose en lagos, comiendo al aire libre. Era una experiencia de «inmersión total» en la espiritualidad, la comunión y los desafíos continuos en una convivencia muy estrecha. Nuestro párroco, Don Mario (que había conocido a Alberto en su anterior parroquia y que fue decisivo en su crecimiento espiritual) lo invitó a unirse a nosotros, junto con otro joven de los Focolares, Stefano. La primera vez no noté nada especial. Yo era muy superficial e insensible a lo espiritual a pesar de ser el responsable del grupo de jóvenes. En cambio, cuando Alberto volvió al año siguiente empecé a notar algo especial en su forma de ser, actuar, etc.
¿Qué impresión te causó?
Lo primero que noté en Alberto fue un simpatico (pero casi imperceptible) defecto en el habla. Su ‘s’ a veces sonaba como una ‘f’…. Pero luego, cuando empecé a darme cuenta de que era mucho más que un defecto de pronunciación, noté otras características mucho más importantes. No hablaba mucho, pero cuando abría la boca nunca decía cosas superficiales, lo que denotaba un sentido común fenomenal. Nunca perdía la oportunidad de hacer un chiste, captando el lado cómico de muchas situaciones (a veces no muy agradables) que se producían en nuestra hermosa pero a veces difícil convivencia y ayudando así a desactivarlas. Era un tipo con los pies en la tierra y no perdía ocasión (lo digo en serio) de ayudar, comprendiendo sobre la marcha lo que se necesitaba. Todo lo contrario que yo, que siempre estaba pontificando pero que desaparecía cuando había que hacer algo concreto. Poco a poco, vi en Alberto características que yo no tenía pero que empecé a desear tener. Esos 10 días me ayudaron mucho a madurar un poco, ¡por fin!
¿Cuáles eran los rasgos más evidentes de su personalidad?
Como ya he dicho, Alberto no era muy hablador, pero era un líder innato. Como dice muy bien Michele Zanzucchi en su libro «la zambullida en Dios», era muy agradable estar con él y a menudo intentábamos acercarnos de alguna manera, aunque nunca fue un anfitrión ni especialmente cómico. Conseguía crear un ambiente armonioso a su alrededor, de gente que se respetaba, que intentaba quererse. Ese era, creo, su objetivo: ayudarnos a hacer de esos días de vacaciones en contacto con la naturaleza una profunda experiencia de unidad y de fe en el amor que Dios nos tiene. Debo decir que lo consiguió. Su papel entre nosotros fue decisivo. Y esto, por supuesto, marcó la vida de muchos de nosotros en los años siguientes.
Viviste con él los últimos días de su vida. ¿Hubo algún episodio en particular que te impresionó?
Hay varios episodios que podría contar. Como cuando, debido a un error de planificación de Don Mario, nos encontramos por la noche en un camino oscuro y, después de haber caminado todo el día, tuvimos que buscar un claro para montar nuestras 10 tiendas. Lideré una revuelta contra el «culpable», es decir, el párroco, e insistimos en no seguir caminando. Alberto, por su parte, aumentó silenciosamente el paso sin ser visto hasta que descubrió un espacio más arriba donde podíamos acampar. Y entonces bajó, ayudándonos junto con Stefano y cargando las pesadísimas mochilas de las chicas y luego de algunos chicos, llevándolas hasta la cima y volviendo para continuar. Al final estaba agotado, mucho más que nosotros. Pero no dijo ni una palabra. Aquella noche, frente al fogón, sentí la necesidad de pedir perdón a todos por mi actitud. Fue Alberto quien me indujo a hacerlo, no con palabras sino con su ejemplo.
Otro episodio. Después de una misa celebrada a orillas de un pequeño lago de montaña, volvimos al lugar donde habíamos dejado los platos para que se secaran en unas piedras sobre el agua. Para nuestra sorpresa, vimos que todo flotaba en medio del lago. No tardamos en dejarlo todo allí y marcharnos. ¡Nuestras proclamadas ideas ecológicas encallaron frente a las aguas heladas de un lago de montaña! En cambio, Alberto esperó a que todo el mundo se dispersara tras el sendero y empezó a quitarse la ropa y a zambullirse en el agua: le llevó seis o siete viajes nadando hasta el centro del estanque para recogerlo todo y llevarlo a la orilla. Cuando salió del agua tenía la piel morada y temblaba como una hoja. Pero sonreía. Yo estaba atónito y casi petrificado y torpe sólo atiné a darle una toalla para que se calentara. No dijo nada y como si nada hubiera pasado, llegamos al grupo. Este episodio me hizo pensar mucho….
¿Crees en la santidad de Alberto?
Te respondo con las mismas palabras del sacerdote del tribunal eclesiástico que me interrogó por la causa de beatificación. Le conté algunos episodios, entre ellos el de los platos en el estanque (pero con más detalles). Me interrumpió diciendo: «¡Eh, no! ¡Esto es santidad! Y lo dijo desde la autoridad de sus muchos años de experiencia con santos y personas especiales.
Personalmente, creo firmemente en la santidad de Alberto. Su santidad es una santidad joven y moderna. Era un joven estudiante de ingeniería, deportista, hincha acérrimo de mi equipo de fútbol (!), tenía novia. Estaba enamorado de la naturaleza. En resumen, era normal. Pero especial. Creo que últimamente Dios está suscitando un nuevo paradigma de santidad: no reservada a un pequeño círculo de elegidos o predestinados, no solamente curas o monjas, sino laicos, padres y madres, políticos, empresarios y trabajadores, etc. Una santidad alcanzable, accesible. Una santidad normal, joven como la de Alberto. Y, en este caso, con la novedad absoluta del camino emprendido junto con su amigo Carlo.
¿Sigue vivo Alberto?
Sí, Alberto sigue vivo. Lo siento actuar en mi vida. Últimamente me he encontrado con muchas cartas suyas, testimonios de amigos, etc. Siento que me está ayudando en mi vida. Soy un hombre consagrado y, como todos los cristianos, me siento tentado de diversas maneras: pensar en Alberto me ayuda a luchar para no dejarme vencer y permanecer fiel a mi elección, incluso en las inevitables caídas cotidianas. Y entonces puedo decir con certeza que Alberto, junto con Carlo, está trabajando desde el cielo para que muchos jóvenes encuentren a Jesús y Lo elijan como norte de sus vidas.